GUILLERMO ARES: Las fuerzas del orden más allá de su trabajo

GUILLERMO ARES: Las fuerzas del orden más allá de su trabajo
  26/12/2016

Una tarde/noche cualquiera de este invierno cargado de gota fría, una reunión de amistades y vecinos en un bar de un pueblo también cualquiera.

            Suena mi teléfono: - Buenas tardes, le llamo del cuartel de la Guardia Civil de... (uno de esos pueblos) ¿Es usted el educador de perros?-.

            - Sí, ¿en qué puedo ayudarle?-.

            El caso es que habían detenido a alguien cuyo perro quedó solo, encerrado en el domicilio.

            El problema era que se trataba de un perro de los llamados Perros Potencialmente Peligrosos.

            Unos minutos más tarde me presenté en el cuartel con mis “herramientas” para el caso, un cubo con pienso y un cacharro para dejarle agua al animalito ya que debería pasar un par de días o tres hasta que se supiese la situación de su dueño que derivaría directamente en la de su perro.

            Hablé con dos mujeres y dos hombres que estaban de turno en el cuartel de la Guardia Civil quienes me presentaron a un joven de paisano que ya había terminado su jornada laboral pero estaba a cargo del caso.

            Fuimos en un coche también “de paisano”, hasta otro pueblo donde se encontraba la casa en cuestión.

            A primera vista no parecía que el perro estuviese en la casa, finalmente, después de abrir algunas puertas pudimos detectar su presencia en lo que resultó ser la cocina de la casa.

            Allí estaba él, un precioso Pitbull mezclado con American Stanford, una vaca de tamaño pequeño con aspecto de ser el animal más bonachón de la Tierra.

            Una vez pasados los primeros puntos del protocolo, como dice la adiestradora Lis de Vergel “no me dejo morder gratis”, paseamos al perro por la casa sujeto con una correa normal, le dimos un poco de pienso que comió con ganas pero con educación, bebió un poco de agua, mientras el joven Guardia Civil limpió unas cacas y dos pises de la cocina.

            Una hora más tarde estábamos de vuelta cada uno en el punto donde habíamos empezado “el rescate del perro”.

            Dos días más tarde llamé para interesarme por el destino del perrito, la misma señora que me había llamado confirmó que el perrito aún seguía en la casa y que el joven que me acompañó aquella noche y un compañero suyo estaban yendo a diario a dar de comer, beber, limpiar la cocina donde está el perro, que por cierto tiene una ventana con rejas que permanece abierta lo suficiente para que se renueve el aire y jugar con él un rato ya que es un animal muy dócil y cariñoso a pesar de la mala fama de su raza.

            Creí que era necesario destacar la preocupación y la ocupación de estos jóvenes guardias civiles que fuera de sus horarios de trabajo han tenido el tiempo y voluntad de ir a atender a un perro que además podría ser peligroso.

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