GUILLERMO ARES/ Así funcionamos, por eso no funciona

GUILLERMO ARES/ Así funcionamos, por eso no funciona
  13/02/2017

La picaresca de toda la vida y de toda civilización, si se masifica, nos lleva al fracaso.

            Tanta dignidad y tanto orgullo por la honestidad que divulgamos pero que no profesamos, está en la mente de casi todos, no casi todos la llevan a cabo.

            Vivimos en una sociedad con un altísimo índice de aprovechados que rayan en la ilegalidad aunque son claramente indignos, nada solidarios muy poco honestos sin ningún tipo de atenuante.

            La inmensa cantidad de personas que cobran paro a la vez que trabajan en negro, lo mismo que quienes cobran un subsidio o pensión aprovechando huecos legales que les permiten, por ejemplo, vivir en pareja bajo un mismo techo cobrando, tal vez ambos, una pensión sea cual sea su origen que se acabaría si se declara la pareja como tal.

            Los cobros de indemnizaciones o seguros por cierta invalidez temporal o permanente que muchas veces se magnifica en beneficio de aumentar la cantidad de los ingresos por ese concepto.

            Los chanchullos son la epidemia de esta sociedad sin escrúpulos que no sólo actúa de esta forma sino que es cómplice al no denunciar estos casos o impedir que ocurran cuando es en su entorno familiar o de amistades donde se suceden.

            Si todo aquel que cobra aquello que no le corresponde desde un punto de vista moral aunque la Ley lo permita, decidiese prescindir de ese ingreso y esa cantidad fuese a un fondo igualmente honesto, seguramente la economía de cada país sería mucho más estable y equilibrada.

            Parece lógico que quien piense en la posibilidad de, por ejemplo, reclamar a su ayuntamiento una indemnización porque al cruzar la calle tropezó con un bordillo y se rompió un tobillo, si llegase a un cargo público con acceso a chanchullos, con toda seguridad los aprovecharía.

            Hemos comprobado, seguimos comprobando gracias a las hemerotecas y la curiosidad de quienes quieran averiguarlo que, una inmensa cantidad de políticos, dirigentes y presidentes de grandes empresas cambian su discurso según las circunstancias aprovechando en cada caso la posibilidad, casi siempre real, de obtener beneficios de toda índole para sí o su propio entorno.

            Estas son las miserias humanas, que también se reflejan en la fabricación de productos pensados especialmente para que duren poco con la intención de obligar al consumidor a un mayor gasto.

            En la fabricación de armas que tal vez obligue a inventar guerras para poder venderlas o sencillamente aumentar los beneficios de un producto hasta lo impensable solamente porque es un monopolio.

            Después de reflexionar sobre este tema, consultemos con la almohada si somos tan dignos, solidarios, honestos, serios y un sin fin de elogios que seguramente con la mitad ya sería demasiado merecer.

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