GUILLERMO ARES/ Por qué somos un país bananero

GUILLERMO ARES/ Por qué somos un país bananero
  27/02/2017

 

Porque ya no quedan dudas, antes parecíamos un país bananero gracias al parecido en la actitud de los dirigentes y pueblos de aquellos países latinoamericanos donde la Ley sirve de calzoncillos para los poderosos que a un lado y otro de ella son patrones a fuerza del poder del dinero y el dinero del poder.

            Hoy nuestra querida España es uno de los mayores productores de bananas del mundo, el insólito e inacabable sistema sustentado en la corrupción persistente que no nace en este siglo entre los políticos sino que viene de serie en la historia de España.

            Las colonias desperdigadas por todo el globo donde el poder estaba repartido entre la Iglesia, los gobernantes y los adinerados no son una novedad sino una antigua costumbre.

            El señorito del cortijo, el patriarca y las alcaldadas no son otra novedad sino otras viejas costumbres.

            Los pícaros estuvieron desde que podemos hacer memoria histórica, cuando alcanzan el poder y el dinero dejan de ser pícaros para transformarse en delincuentes corporativos.

            En la España de hoy, siempre presuntamente, se engaña a un pueblo increíblemente ingenuo tapándose los trapos sucios entre los que manejan los poderes sean de la ideología que sean.

            En las altas esferas se manejan las puertas giratorias y los silencios legales porque hoy me toca a mí y mañana te tocará a ti.

            Entre nosotros nos lo guisamos y entre nosotros nos lo comemos.

            Allí, en las Américas del Sur donde se cosechan tantas bananas, siempre fue así, pero no olvidemos que aprendieron de quienes les enseñaron porque los indígenas de aquellas tierras no sabían castellano ni portugués, no conocían a Jesús porque en su ignorancia sus dioses eran el sol y poco más.

            El mandoneo del patrón, del señorito, del alcalde es en este norte de África más que el sur de Europa, sin lugar a dudas, el mismo que en los de las bananas.

            Recordemos que uno de los mayores delincuentes modernos de aquellas tierras fue Pablo Escobar, rey de la cocaína internacional, un pájaro que construyó su propia cárcel para aceptar ir a la cárcel por una ridícula parte de sus interminables delitos.

            Aquí, argumentando lo que sea, un infeliz va seis años a la cárcel por un delito de ochenta euros, pero si se está del lado del poder, se puede ir a una cárcel especialmente elegida y acondicionada aunque la cantidad sea de varios millones de euros.

            Que un delincuente común vaya a una celda de dos por dos y uno de guante blanco tenga el mismo espacio que en un apartamento en libertad además de varias facilidades como para que no le duela tanto pagar por sus delitos, son cosas que siempre han pasado, pero no están bien.

            Esa prepotencia es la que nos hace un país bananero.

            Esa diferencia de clases donde no todos los españoles somos iguales ante la Ley, es la que nos iguala con los bananeros.

            La omnipotente chulería de los de arriba y la impotente resignación de los de abajo.

            Ya no somos europeos, total, para lo que nos ha servido, ahora somos bananeros, eso sí, orgullosos, hidalgos y caballeros.

            Qué pena.

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